Democracia real y caceroladas: cuando la indignación se vuelve ancestral

Cuando yo era adolescente, en un pueblo de cuyo nombre prefiero no acordarme, vivía un viejito viudo que amaba a una viejita soltera y entera. Por años estuvo el viejito pasando delante de la casa de la viejita, con su carretilla cargada de patatas o manzanas, miraba hacia su ventana y ahogaba un suspiro.

Una noche cálida de verano la soledad fue superior a la vergüenza y el viejito fue invitado a compartir calor y sábanas en aquella casona oscura y angosta que empezaba a comerse la hiedra.

Poco le duraría la dicha al feliz viudo. A la noche siguiente, los vecinos del pueblo habían convocado una cacerolada bajo la ventana de su amada amante. En una España de charanga y pandereta (grande Machado) el anuncio había corrido como la pólvora y aquella noche no eran cuatro los vecinos arremolinados sino cientos. Habían venido de pueblos de 10 kilómetros a la redonda para negarles ese resquicio de felicidad conyugal a quienes, a juzgar por los convocados, no se la merecían.Así, cazuela en mano, lo que iba a ser una noche de pasión se convirtió en una tortura. El pueblo había hablado: la necesaria dosis de lujuria no debía estar al alacance de todos. Había quienes, por razones físicas, legales o de honra (sí, aún había quien esgrimía la medieval honra), no se lo merecía. Y la democracia se manifestó en forma de una gran fiesta: una cacerolada popular que se extendió hasta las 5 de la madrugada.

Ese episodio de mi vida me marcaría para siempre. Recuerdo que se grabó en mi memoria como la mayor de las injusticias aún en nombre de la voluntad popular.

Hoy en día, asistimos a un revivir de las caceroladas, que terminaremos por instituir en España como símbolo de la democracia. Las caceroladas populares son un Fuenteovejuna desdramatizado, el símbolo máximo de la impotencia. Quiero y no puedo, pero lo grito a los cuatro vientos.

A lo largo del último mes, han sido muchas las manifestaciones de este sentir popular: Cacerolada frente al Ayuntamiento de Valladolid antes del pleno de investidura, cacerolada en Leganés, en Pamplona, en Valencia… el 15M también ha protagonizado su propia cacerolada:

Cacerolada 15M Manuel Cuellar
Cacerolada 15_M. Foto de Manuel Cuellar.

En una España Indignada, las caceroladas se han convertido en santo y seña. Tanto se han popularizado que hasta uno de los colectivos más modernos e innovadores ha tirado de tradición: ayer Gallardón fue recibido con una gran cacerolada por los vecinos gays de Chueca. Protestan contra la prohibición de los conciertos en las tradicionales fiestas de su barrio. Vídeo:

Las redes sociales, y Twitter como gran cómplice, han puesto su granito de arena para la viralización de las caceroladas. El hashtag #caceroladachueca llegó a ser tan popular que la encontramos tuiteada por el mismo @alcaldedemadrid, esa (imaginamos) osada usurpación de la identidad edilicia:

Cacerolada Gallardón

En la España indignada del siglo XXI la charanga y pandereta resurgen de sus cenizas con más fuerza que nunca. Quizás sea necesario recordar que las caceroladas, como las palabras, se las lleva el viento.

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